Volvía con la pregunta perdida en las naves que ardieron cuando quiso aprender a detener el fuego, tenía los pájaros llenos de ganas de olvidarse que estaba sola cuando volaron las cenizas a vestir la desnudez de quizás, aroma de tren que no regresa, pies dejando a la prisa como huella, su mano blanca y nada más, con el íntimo dolor de despertarse asomada a la violenta quietud de las farolas con una culpa carne picada de cerdo y una flor que se escapa de la tierra, a preñar de cosas perdidas los esquemas.

1 comentario:

kynikos dijo...

este más... mucho más.