Estoy conmigo y me oigo en la difamación, una entraña respira sangre y en su ofensa cierra de golpe la persiana, quiere todo el tiempo para jactarse de que no haya luz.
Busco al yo asesino que corte el cuello al yo que porta el cuchillo. El yo reconciliador no quiere seguir andando con partes humilladas, reprimidas, muertas, o admiradas. Quiere la unidad, pero cómo va a vivir en la totalidad un ser suicida, el día que dijo sí a romperse, sí a la renuncia, sí a la música del salto al vacío, rompió sin querer otras estructuras. El yo del recuerdo, siempre está borracho, y viene con sus historias de noches sin dormir, cuando uno tiene que madrugar. Viene con sus amores idílicos, cuando la carne está ya podrida. Viene con las heridas de la infancia, cuando todos gritan por la madurez. Y el yo con el corazón de muda, siempre se enloquece por un abrazo y se descuelga por una sonrisa. Y el yo de nada importa, siempre sentencia con su indiferencia y enfría a todos, el yo del trabajo hace tiempo se sumió con él a mirar la nada. Y a contar los azulejos de la pared, hacia el yo de la estupidez, que obliga al yo del ego a callarse, y así humildes todos vagan en la espuma que deja el yo de la razón, que hace tiempo lleva voto de silencio.

1 comentario:

Adolfo. dijo...

Tus reflexiones las cargas tanto de tí, que los que las leemos, sólo nos queda relacionarlas, como con todas las demás cosas, con nosotros mismos.